Hagamos un ejercicio. Yo escribiré una frase que tú leerás en voz alta:
NO PIENSES EN UNA PIZZA CALIENTE
Y ahora te pregunto, ¿en qué estás pensando? Probablemente en una pizza caliente, con todos los ingredientes que gustas -la mía siempre será la Pepperoni Pizza o Americana, como la llamamos en España, y cómo no, se te hace la boca agua. Ahora, escribiré una segunda frase que volverás a leer en voz alta:
LA PIZZA TIENE CARNE DE RATA
Y ahora probablemente hayas eliminado automáticamente esa idea de una pizza deliciosa -yo aún la tengo, conmigo esto no funciona- de tu cabeza. El asco de imaginarte degustando un trozo de carne de rata va contra natura, así que la imagen ya no forma parte de nuestro archivo de imágenes. Todo esto es pensamiento condicionado o manipulado, por lo que cuando tenemos hambre, ¿tenemos realmente hambre?
Muchos me preguntan qué como. Les hago una lista virtual, muy por encima de aquello que incluyo y excluyo de mi dieta sin dar detalles y acto seguido me dicen: ¿entonces tú qué comes? Tendemos a pensar que la vida se construye con y alrededor de carbohidratos refinados, y que sin ellos no podríamos vivir. Entonces, te despiertas y te desayunas con un trozo de bizcocho y un café con leche. En teoría, le has dado al cuerpo energía para arrancar el día, pero llegas al trabajo/universidad/donde sea y ves a uno de tus compañeros comiéndose x. "No tengo hambre porque ya he desayunado", piensas. Entra en juego la primera frase: "Pues la verdad es que sí tengo hambre" por lo que vas y buscas algo que picar. Así se me fueron años completos a mí, con dobles o triples desayunos y picando descontroladamente entre horas. Total, estás tú (A) con tu primer desayuno (A1) y tu antojo (A2): A = A1 + A2. Porque sí, es un antojo, no hambre real.
El antojo en sí es como el marketing, pues funciona bajo el mismo principio: generar el deseo de tenerlo en el objetivo de la campaña. En ambos casos tenemos el poder de negarnos y decirle al cerebro que no, pero es más fácil decir "no voy a comprármelo porque no lo necesito" a "no voy a comerme este Kinderbueno", ¿verdad? Todos, todos luchamos contra la tentación a diario y mira que la tentación es vieja, que ya por la época de la Biblia estaba tocando las narices. Es más fácil, por supuesto, dejarnos llevar y caer en ella que luchar contra ella. Como dijo Loki en The Avengers, "nuestra naturaleza es sumisa" y preferimos ser gobernados... por la comida y nuestros impulsos.
Cuando tengas hambre la próxima vez, pregúntate si es hambre o simplemente viste a alguien comer algo y te "dieron ganas" de comer a ti también. Es preferible dejar pasar el tren del antojo puñetero que esconderá grasa en las cavernas más inaccesibles de tu cuerpo, a subirte en él y dar un plácido paseo por los picos de insulina que hay en la sangre tras comerte un paquete entero de Oreo (unas veinticuatro galletas con unas 1272 calorías, a 55 por galleta -y de esas, yo me podía comer tres paquetes). Ahora escribo una última frase que leerás en voz alta:
SI TÚ PUEDES, YO TAMBIÉN
Buenas noches.
H.
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