Bowen
Noviembre 2005 - verano de 2007: Bad Romance


Me desvistió.

Me miró a los ojos y posó sus manos sobre mis hombros. Siguió la silueta de mis curvas, recordándome lo que se sentía ser tocado por otro ser humano. Sus ojos azules -o verdes, no recuerdo con tanto detalle- me miraron fijamente en ese momento casi homoerótico, abrió la boca y acto seguido dijo: "Si no bajas de peso ya, eres candidato para una posible diabetes dado tu historial familiar" y así fue como mi antiguo, primer y único endocrino me espetó por la cara que tenía sobrepeso, es decir, estaba obeso.

Junto a mí, en su despacho refinado con muy buen gusto -el que decoraba cobrando a sus pacientes 100€ por consulta y no había pocos en la sala de espera- se encontraban mi tía y mi tío quienes se encargaron de dar al doctor L.M.H. todos los detalles sobre mi alimentación, pues no se fiaban de que yo fuese completamente honesto con quien se convertiría en el hombre de mi vida durante el siguiente año. Daba gusto tenerles siempre alrededor.

Me sentí afortunado, casi especial. Diseñó un plan "único" para mí (con el tiempo descubrí que utilizaba la misma táctica con todos, por lo que dejé de sentirme especial) en el que la ingesta de carbohidratos no superaba los 20 gramos diarios, lo que suponía una reducción del 98%, a ser sustituidos por proteínas. Su voz melodiosa me decía: "come proteínas y haz ejercicio. Te veo en tres semanas". Lo había conseguido: habría una segunda cita.

Días fueron y vinieron, en casa se dudaba de mi fuerza de voluntad pero me mantuve. Los primeros días fueron buenos y pasaron dos semanas. Mis reservas se agotaban y mi cuerpo demandaba azúcar. Creo haberme comido casi medio kilo de manzanas rojas, mis preferidas. Y con toda la ilusión del mundo, me duché, me vestí y fui a verle. Tenía mariposas en el estómago. "No creo que hayas bajado más de cuatro o cinco kilos", me decían en casa. Y finalmente una mujer vestida de blanco me abrió la puerta: su mujer. Me dio instrucciones y subí a la báscula... *redoble de tambores* Había perdido 19,5 Kg en tres semanas y como no lo creía tuve que pesarme tres veces.

Y así este quasi affair me llevó por un camino de descenso vertiginoso en el que no había vuelta atrás, o eso creía yo. Tras diez largos meses en los que incluso mi cerebro me decía que las barritas de cereales de manzana HERO sabían a chocolate blanco, dejé en el camino sesenta y cinco kilos. Sí, así, sin anestesia.

Muchos pensarán que me encontraba estupendamente, pero no era así. Vivía en lo que se conoce como 'tierra de nadie', pues para quienes gustaban de gordos yo estaba demasiado delgado, y para quienes gustaban de delgados yo estaba demasiado gordo. Nadar y nadar para morir en la orilla. Sí, el beneficio era para mí pero la gente no dejaba de macharme por algún lado. "Nunca he estado con un chico como tú" me dijeron una vez habiendo alcanzado mi punto más bajo de peso (90Kg) y eso fue devastador. Me repito: nadar para morir en la orilla. L.M.H. ¿Qué me habías hecho? Él, ponerme un régimen estricto y empastillarme con Prozac. Yo, dejarme.

Tardé unos siete meses en recuperar todo lo que había perdido. Mi cuerpo tuvo un efecto rebote y con ello volvió el mal humor, el desagrado, el asco y un sentimiento de culpa brutal. Habíamos fallado y estaba decepcionado de mí mismo. Me había convertido por segunda vez en aquello de lo que huía y todo fue por no plantar cara al problema y cuestionar su metodología. Siempre hay una solución antes de saltar a lo más drástico. Y desde ese momento di por terminada mi relación con él. Nuestro Bildungsroman (novela de aprendizaje) se acabó. Él siguió -y sigue cobrando- por sus consultas y yo caminaba por la ciudad ocultando mi cuerpo bajo telas de gran tamaño adecuadas a un disimulo de la figura -yendo en contra de las tendencias de camisillas ceñidas en el torso superior, escote o pantalones pitillo.

El amor mata, y el amor propio también.
Fue entonces cuando decidí mandarlo todo al traste...

No se pierdan la próxima y última entrega de ¿Cómo se hace un obeso? en la que trazaré los años más recientes de mi obesidad mórbida. 

Quieran y quiéranse, pero sobretodo, no dejen que nadie decida por ustedes. Si creen en Dios o en algo superior, piensen que nos dotó de inteligencia para cuestionarlo todo y aunque existan especialistas, nuestra duda y determinación siempre serán las mejores armas.

Buen inicio de semana.

H.
Bowen
2002-2003: El circo


¡El show más esperado de todos los tiempos! Le cirque!

Damas y caballeros, bienvenidos a lo que será la tercera entrega de ¿Cómo se hace un obeso? para la cual me he tomado la libertad creativa de presentarla como si de un espectáculo circense se tratase. Las voces de nutricionistas varios giraban a mi alrededor cual melodía de tiovivo macabro. Hasta ahora habia sido presa de experimentos con placenta de conejo, hamburguesas despanadas y un descontrol alimentario que cada día se multiplicaba más y más y más. Érase una vez en un sueño despierto...

Era muy guapa ella. Caminando con su bata blanca y su aire de respeto infundaba cierto temor, como la Bruja Blanca de "Las crónicas de Narnia". Me pesó. Me midió. Me pellizcó las lorzas para medir mi índice de masa corporal. "¡Oh, Dios mío!" exclamó. 

"Estás obeso", dijo. 
(Vaya descubrimiento, pensé)
"Tengo aquí en mi caja de sorpresas un tesorillo que te ayudará"

Y metiose la mano en el bolsillo, cogió un bolígrafo y empezó a rellenar un folio. Hacía minutos me había diagnosticado con obesidad y a nuestra amiga 'la nutróloga' -recuerdo su cartel en la puerta- no se le ocurre otra cosa si no que prescribir pan con mantequilla para el desayuno, algunas galletas para picar entre horas y de vez en cuando una Pepsi Light -debe haber firmado  un contrato de exclusividad porque especificó esa bebida y no cualquier otra bebida ligera. Se podrán imaginar cómo acabó todo... Los panes con mantequilla cobraron vida y me despojaron de mi dignidad. Las galletas me perseguían y cuando me enfrentaba a ellas, se hacían pequeñinas y caían en mi boca cual grano de arena de playa ventosa tinerfeña, dícese Las Teresitas, por ejemplo. ¡El show debe continuar y los kilos deben aumentar!

Mientras mi cintura abdominal crecía y desarrollaba un sistema gravitacional a su alrededor, otra fulanadetál recomendó a mi abuela un psicólogo famosísimo que era buenísimo en casos como el mío, osea, pérdida de peso. Subimos al coche y el viaje en la nueva montaña rusa comenzó. Poco a poco se acercaba el túnel y su voz aguda, afectada por la edad y por el tabaco, acompañada de una mala dicción -posiblemente un problema de lenguaje, una bata blanca ceñida que embuchaba su ya avejentado cuerpo y cuatro pelos mal peinados con gomina me dijo: "Pasha, pasha" (pasa, pasa).

Me miró a los ojos y me llevó a un cuarto oscuro. No, no es el cuarto oscuro de los bares de ambiente donde se practica sexo, aunque dicen los rumores que en ese cuarto tocó las partes de alguna paciente colándolo como un 'chequeo rutinario'. Me dio instrucciones de 'sostener' la pared con los ojos cerrados, empujando lo más que pudiese y que a la cuenta de tres... UNO... DOS... TRES... me dejaría caer en sus brazos y confiaría en él. Todo digno de las sectas religiosas fanáticas de EE.UU.

"Túmbate aquí y cierra los ojos"
"OK"
"Ahora vamos a hacer una regresión"
"¿Cómo?"
"Sí, volveremos atrás en el tiempo para descubrir por qué te gusta el dulce y así lograr que dejes de comer"
"¿Qué es exactamente lo que va a hacerme?"

¡HIPNOTIZARTE!

Me "hipnotizó", respondí a las preguntas que me hacía con las respuestas que él me decía, pretendí estar hipnotizado y mi abuela pagó una suculenta suma de dinero por un par de sesiones más de pseudo-hipnosis y escáneres cerebrales para diagnosticar que todo en mi cabeza estuviera en orden. Ni me hipnotizó, ni dejé de comer dulce, ni rebajé. Llegué a casa y me escondí en la habitación, lugar en el que me dispuse a engullir -porque no hay otro verbo- un par de barras de Snickers. 

El circo duró poco y las funciones fueron pobres. El público se decepcionó y empezó a abandonar.
Así estuve, abandonado -de mi parte, ¿eh?, no de nadie más- hasta unos años después cuando conocí al hombre de mi vida, al que haría que perdiese sesenta y cinco kilos en menos de diez meses y que logró que los recuperase en menos de seis. Ese no fue un hipnotizador ni un trilero, ¡ese fue un mago de la desaparición de la grasa corporal! Pero eso ya en la próxima entrega de ¿Cömo se hace un obeso? Por ahora, fijen su mirada en el punto negro de la imagen superior y quizás logren hipnotizarse a ustedes mismos, enfrentar sus miedos y salir victoriosos...

O mirarse al espejo y hacerlo ustedes mismos.

¡El circo ha cerrado sus puertas!

Buenas noches.

H.
Bowen
1996-2002: La isla del Doctor Moreau

Esto no es un documental de Discovery Channel sobre "cómo se hace" sino "cómo se crea" un obeso. En la primera parte recorrí las dietas infantiles que me llevaron a dar mi reino por unos kilos menos y ahí empezó la montaña rusa de los kilos que, con los años, me llevaron a dar oscuros paseos por consultas médicas dignas de ser comparadas con el terrorífico laboratorio del mismísimo Doctor Moreau. 


Era del tamaño de una aguja para insulina. Ese era el tamaño de la jeringuilla que utilizaba aquella doctora que respondía, si mal no recuerdo, al nombre de Magali -como mi madre, aunque el de mi madre se escribía con 'y'- mientras me daba un par de azotes en el glúteo para relajarlo y poder inyectar su solución milagrosa de, atención: suero placentario de conejo. En aquél entonces -tendría yo unos once o doce años- corría el rumor entre las madres varias que fulanadetál, hija de sutana había perdido x kilos tras haberse sometido a un tratamiento de cien jeringuillas de placenta de conejo -exagerando, claro. Mi madre, la pobre, desesperada acudió en rescate de mi cuerpo y hala, dejándose llevar cayó en la trampa que le limpiaba la cartera con cada jeringuilla milagrosa que prometía 'resultados asegurados'. Otro gran fracaso del lucrativo negocio de la pérdida de peso. Mis kilos aumentaban en vez de bajar.

Un par de años después, tras la muerte de mi madre -y no, no me hinché a comer porque estuviese deprimido por su muerte, que es lo que muchos piensan. Quienes me conocen saben que como como una persona cualquiera -salvo cuando sufro de mis atracones compulsivos, claro- pero mi debilidad son los dulces. Total, con catorce años mi padre es quien intenta continuar con la labor de rescate y acude a una nutricionista, LA NUTRICIONISTA recomendada por la hermana-de-la-vecina-que-se-había-sometido-a-cirugía-estética-con-ella-misma. Si mal no recuerdo se dedicaba a la cirugía y a la nutrición, un negocio rentable cuando me sugiere en privado que me someta a la cirugía estética para quitarme tejido mamario y reducir considerablemente mi pecho -¿y cómo iba a rellenar yo mis sujetadores/sostenes? (broma)

Mientras mi peso subía, la mujer me recetó aquellas famosas pastillas 'adelgazantes' cuyo nombre no recuerdo pero que habían sido prohibidas en EE.UU., Europa, Oceanía, Polo Norte, Cinturón de Asteroides e infinito y más allá. Vamos, una facultativa como Doña Rondón. Evidentemente, sólo fui a dos consultas y tanto por la lejanía de su consulta, como por lo dudoso de su método, no volvimos a verle el pelo nunca más. Lo que pasó a continuación fue...

No se pierdan la próxima entrega de ¿Cómo se hace un obeso? Parte III, donde hablaré de la nutricionista -o nutróloga como ponía su cartel en la puerta de la consulta- que pretendía hacerme bajar de peso comiendo mantequilla, galletas y algún que otro 'refresquillo' light. Mientras tanto, las despensas de la cocina eran desvalijadas por hordas barbáricas comandadas por mi cerebro hambriento y no había nada que la medicina tradicional pudiera hacer para impedirlo, por lo que fui hipnotizado. 

Buenas noches.

H.
Bowen
¿Qué es? Pues tal como su nombre indica es comer de más y sin control. A simple vista todos dirían: "eso lo hemos hecho todos alguna vez", pero claro, he ahí la diferencia: de hacerlo alguna vez a hacerlo con frecuencia marca la distinción entre un atracón por hambre y un trastorno de la alimentación. Siempre he sospechado que más que comer, lo mío tenía raíces psicológicas. Muchas dietas y restricciones, métodos poco ortodoxos para controlarme, y alguna que otra cosa supongo que contribuyeron a desarrollar esta condición. Aún necesitaría la opinión de un especialista para corroborar mi binge eating, pero aseguro que no es necesario. Ni la Fluoxetina (Prozac) pudo conmigo -cabe destacar que abandoné el tratamiento al decidir leer el prospecto. 



Un bote de Nutella, 475 gramos: podía fácilmente ser ingerido a cucharadas viendo televisión. Un bote de Nocilla de 500gr y sus más de mil calorías aseguradas también. Seguido de la cena, que no podía faltar -carbohidratos principalmente. No satisfecho con ello, podía rematar con algún yogur, postre, galleta, fruto seco o aperitivo frito de bolsa para terminar. Esto podía repetirse hasta tres veces por semana, sin contar las pizzas y bocatas que caían en medio. Tener algo dulce en las manos me produce una sensación extraña de descontrol: tengo que comerlo y tiene que ser ahora. No solo eso, ha de ser "a escondidas" porque en mi familia siempre se ha condenado disfrutar de ciertos alimentos delante de todos, por lo que transformas lo que sería un aperitivo en una misión ultrasecreta en las catacumbas de tu armario para poder comerte algo sin que las miradas te atraviesen el corazón. 

En mi caso, el sobrepeso no es una causa sino una consecuencia. Las causas realmente no se pueden determinar, se pueden perfilar ciertas cosas, pero en realidad gran parte de este trastorno se genera e el entorno. Los comentarios provenientes del núcleo familiar son básicos en este tema, ya que pueden subir la moral o hundir en la más profunda miseria. Por favor, no acosen. 

¿Tiene cura esto de comer como si no hubiera mañana? Realmente no. Se puede paliar, bajar de peso, normalizar la situación pero siempre se librará una batalla eterna entre el autocontrol y el descontrol total. Hoy martes empiezo mi semana seis de reeducación alimentaria y de campaña contra la sobreingesta compulsiva. Mi cuerpo ha perdido tamaño y poco a poco, lento pero seguro, va en la dirección en la que quiero que vaya. Ahí siguen las galletas de salvado de trigo y chocolate, y el chocolate Valor sin azúcar esperando y acechando. Podría comerme un paquete entero de tortitas de maíz 'sin darme cuenta' pero la compulsión se domina con control, supongo.

Coman con conciencia y no hagan como yo, pues a largo plazo la recuperación es lenta y ¿para qué vamos a mentir? Cansina.

Me retiro a cumplir un ciclo de seis horas de sueño. Muchos de los que sufren este trastorno se levantan de noche a asaltar la cocina, desde la nevera  hasta la despensa. Yo lo hacía y es un pensamiento que aterra tanto o más que Freddy Krueger.

Buenas noches.

H.


Bowen
1986-1996: Dos dietas, un niño

Algunas cosas nacen y otras se hacen. La obesidad puede ser desencadenada -viene a cuento escuchar "Unchained Melody" mientras escribo esta entrada- por un factor hormonal y por no cerrar la boca, que a su vez es consecuencia de otra línea de factores. No crean que llegué a la cúspide de mi 'hermosura' gratuitamente porque todo conlleva un esfuerzo. Sí, engordar también cuesta (las dietas no son solo para quienes quieren perder kilos de más, pero las personas que han de ganar peso no entran en nuestro concepto de dieta).

Hace veintisiete años fui diagnosticado con alergia a la lactosa, por lo que se recurrió a otras alternativas para garantizar una buena alimentación. Si bien no se puede cambiar el metabolismo de una persona, las actividades y alimentos que se ingieran condicionan la velocidad del metabolismo basal. Generalmente, tenemos un metabolismo lento -otros es que nos llevamos el Caracol de Oro en cuanto a velocidad- y las calorías se almacenan en forma de grasa ya que no se queman las suficientes. Mis padres lo intentaron, de verdad: fútbol, tennis, natación... Sólo disfrutaba en la natación, pero en los demás deportes mi psicomotricidad era equivalente a la de Sloth ("Los Goonies", 1985) y aún así él tenía más que yo.

Entre los cuatro y los diez años, fui sometido a dos dietas para perder peso, pues se me había cebado con papillas y una alimentación innecesariamente más cargada de lo normal, sin contar que mi abuelo trabajaba en una agencia de festejos y catering por lo que tenía acceso a los chocolates, dulces y delicatessen más selectos -el sweet tooth que nombré en mi primera entrada tiene su origen aquí, supongo. Mi pediatra, ahora fallecido, Dr. Luis Seco en su consulta fría dio instrucciones a mi madre, también fallecida, sobre cómo llevar a cabo la dieta de los carbohidratos. Tengo el privilegio de tener recuerdos tempranos y ese es uno de ellos. Bajé de peso, pero con el tiempo, lo recuperé. Tendencias, genética, dejadez... muchas cosas.

La Dra. Josefina Rondón, una nutricionista respetable me sometió a regímenes en los que debía perder de 4 a 6 kilos mensuales (tenía yo unos ocho o diez años) e incluso, entre tanta respetabilidad me sometió a la temida DIETA DE LAS HAMBURGUESAS. ¿Suena apetecible, no? Tres comidas diarias que se basaban en una naranja de desayuno con un vaso de leche, dos hamburguesas sin pan para almorzar y una hamburguesa para cenar sobre un "lecho de lechuga" (eufemismos los justos) y una naranja. Con eso perdí exactamente 1 kilogramo diario. Así en verano del '96 cuando volví a la escuela en septiembre no me reconocía nadie tras haber perdido casi catorce kilos. Buscar un culpable no tiene sentido, esto no va de culpar. Muchos tomamos parte en este viaje y las cosas siempre se pudieron haber hecho mejor, pero bueno, veintisiete años después aquí estoy.

Así empezó mi obesidad: bajando y subiendo de peso desde los tres años de edad. 

No se pierdan la próxima entrega de ¿Cómo se hace un obeso? pues hablaré de la nutricionista que me recetó unas pastillas quemagrasa prohibidas en todo el mundo y me recomendó que me hiciera cirugía estética para remover tejido mamario. Hilarante.

Buen lunes para todos.

H.
Bowen
    Hoy quería exponer la creciente, importante y hasta cierto punto molesta 'sabiduría' de algunas personas. Hay un día que te despiertas y las personas a tu alrededor son como Leonardo Da Vinci: escritores, pintores, inventores, amas de casa, poetas, ingenieros, médicas, nutricionistas, farmacéuticos, biólogas, podólogos, masajistas, entrenadores personales, gurús gastronómicos y chefs de la Guía Michelin. De pronto saben todo lo in y lo out en el mundo de la nutrición y esperan hacerte cambiar de opinión bajo argumentos sostenidos por un "se dice que" más que por un "yo sé que":
    -Deberías de dejar la leche y los derivados lácteos porque son inflamatorios. En el paleolítico -y te sueltan el sermón de la paleodieta- no bebíamos leche ni comíamos queso... Oiga, lo que le es inflamatorio a usted no le es inflamatorio a los demás. Siguiente.

    -Sustituye el aceite de coco por el aceite de oliva porque es más sano. ¿Quién dice que es más sano? El aporte de ácidos grasos saturados del aceite de coco es superior al del aceite de oliva y a pesar de sus beneficios, la diferencia del aporte calórico del de oliva es de tan sólo 19 kcal más que el aceite de coco. Sin contar lo barato que sale el de oliva al ser España un país productor, no voy a cambiarme porque lo que uso de aceite de oliva es inferior a dos cucharadas diarias. Siguiente.

    -Tienes que comer papas/patatas, arroz y demás porque sino tu hígado va a colapsar. Las personas que se encuentran en un régimen de pérdida de peso tienen que recortar al mínimo sino a cero la ingesta de dichos alimentos ya que debido a su composición, alteran el proceso metabólico y afectan a la pérdida de peso. Por ahora, cero patatero. Siguiente... y así podría seguir hasta hacer un post aburridísimo.

    La verdad no existe. Filosofía y nutrición: no existe una verdad absoluta sobre qué/cómo/cuándo/por qué comer. Ya hablé sobre esto hace unas entradas atrás, los cuerpos son diferentes y las necesidades también. Si dijera que estoy siendo controlado por el jefe de endocrinología del hospital universitario se me tomaría más en cuenta porque él es un facultativo, ¿verdad? Al igual que si el ejercicio lo hiciera con un entrenador personal sería más válido porque él sí sabe, ¿verdad? Pues amigos míos, la verdad no existe, ni existe un entrenador personal ni un médico que me controle. Han formado parte de un gran experimento social. Todo lo he hecho yo, con esfuerzo, conciencia, investigación y dedicación.

    Antes de convertirse en lienciados en nutrición tras conseguir el título en la caja de Phoskitos, miren sus propios planes de nutrición ya que sugerir -o más bien imponer- no tiene nada positivo. Algunos sabemos lo que hacemos, aunque a otras personas les envenene. Da Vinci sólo hubo uno.

    Recuerda que siempre primero te preguntarán por qué, pero luego todos querrán saber el cómo.

    Buen fin de semana. Hasta el lunes.

    H.


Bowen
Ventajas y desventajas de tener una báscula en casa:



Ventaja: puedes controlar tu peso de forma precisa o aproximada y así hacerte una idea de en dónde te encuentras.
[Gran] desventaja: te vuelves presa de la paranoia calórica y tu cerebro te obliga a querer pesarte cada 24h para asegurarse de que las cifras descienden y si no lo hacen o ascienden 1 kilogramo -en un proceso que tiene altas, bajas y estadíos de estancamiento- el pánico se apodera de tu ser y terminas por querer reventarte el cuerpo a ejercicios.

Solución: tírala por la ventana -o enseña a tu mente a que no todo es blanco y negro.

Suena muy fácil cuando se dice -o se escribe en este caso-, pero ponerlo en práctica es mucho más complicado de lo que parece. Bajar de peso tiene un gran componente psicológico y esa batalla es de todas, la más difícil y dura de librar. Espero no dejarme ganar por mi propia mente.

Buen sábado para todos.

H.
Bowen



   No, no lo he vuelto a hacer, aunque esperen... ¿hacer el qué?

    Sí, haciendo una pequeña compra esta noche me decidí a educar a mi cerebro en cuanto a tolerancia y autocontrol. Quienes me conocen saben que no hablo de tolerancia racial, religiosa o mucho menos sexual. Hablo de tolerancia a convivir con ciertos alimentos bajo el mismo techo. Dicho esto, confieso que incluí en mi carrito de compra que consistía de queso batido 0%, hamburguesas vegetales y queso bajo en grasa, una tableta de chocolate puro Valor Sin Azúcar apta para diabéticos: suena como si hubiera sido enviado del cielo, ¿verdad?



    Además de eso, tras leer todas y cada una de las etiquetas también incluí una caja de galletas de salvado de avena sin azúcar pero con harina de trigo integral. No pierdan la calma, ni he llegado a casa con un ataque de ansiedad y me las comí todas, ni pienso abrir alguno de los productos durante mucho tiempo -siempre asegurándome que la fecha de caducidad no está próxima. ¿A qué viene todo esto? ¿Por qué tintar de cacao una compra sana? ¿Por qué tentar a mi mente, aún con productos bajos en tropecientos valores, de esta manera? Autocontrol. Parte de este proceso es reeducar mi mente, enseñarle a que ciertos productos pueden existir en mi despensa y que no vendrá nadie a comérselos mientras no estoy, por lo que es innecesario que abra la caja y lo devore todo de una sentada.

    La gran mentira es creer que todos estos productos ligeros y "bajos en" nos van a quitar la grasa subcutánea sin mover un dedo. ¡Qué va! Tengo que seguir trabajando en regular y reajustar mi alimentación que ahora mismo es alta en proteínas y baja en carbohidratos, y cuando mi cuerpo esté listo entonces permitiré que dos onzas de chocolate puro bajen por mi garganta. "Pero es beneficioso", dicen... Sí, seguro que sí, pero en mi caso no es cuestión de beneficio sino de autocontrol de la ansiedad. Recuerden que los frascos de Nutella en mis manos duraban lo que dura un cesto de chocolatinas abandonado a las puertas de un colegio.

    ¿Qué he logrado hasta ahora? Perder trece kilos, sentirme bien conmigo mismo y mejorar mi aspecto notablemente. No puedo permitir que el descontrol destruya lo que he conseguido, que si bien para muchos no es nada, pero para mí es bastante. Saber controlarnos, esa es la clave de todo. Vivir la vida y disfrutarla, pero eso sí, con moderación porque los excesos nos ponen en tesituras que acaban por jugarnos malas pasadas. Ni obesos ni anoréxicos, lo ideal es verte pero sobretodo, sentirte bien.

     Buenas noches a todos, feliz fin de semana.

     H.
Bowen
Si la pereza te desafía, plántale cara y dale una paliza. Aunque al día siguiente te duelan las piernas, hazlo y con el tiempo verás resultados. He aquí el testigo principal de esa pelea:


Feliz fin de semana para todos.
Hasta el sábado.

H.
Bowen
Ya son tres las personas que me lo han dicho:

"Lo que viene ahora es la parte más difícil, porque después de haber logrado este cambio la gente suele relajarse y confiarse, con sus deslices correspondientes, claro". 

Me he limitado a responder que no siempre tiene por qué ser así, pero algún que otro incrédulo todavía insiste en que sí, que el pecado y la tentación han de corromperme como la serpiente del Pecado Original. Así de catastrófico pintan el panorama de la recuperación, porque sí, buscar el bienestar en mi caso es recuperarme de una larga enfermedad que ha sido fiel compañera de forma intermitente mas longeva a lo largo de mis veintisiete años.

Si tienes un estímulo, una razón, un motivo, un móvil en términos policíaco-legales si existe tal categoría, no hay por qué decaer. Cuando tu jefe te mira y te dice con su inglés bostoniano neutralizado por más de tres décadas afincado en Canarias "You're doing great, I'm proud of you" (Lo estás haciendo genial, estoy orgulloso de ti) sientes como la ¿emoción? viaja desde el cerebro a través de tu columna, provocándote una sensación de escalofrío agradable que termina por activar los diecisiete músculos faciales para sonreír acompañado de un "Thanks" (gracias). 

Lo más difícil no es seguir ahora. Siempre, siempre lo más difícil es empezar. Como hoy es miércoles y estamos a mitad de semana, pues ya si eso el lunes... Hoy es diecinueve de marzo, como en dos semanas o menos se acaba el mes, ya espero y empiezo en abril... ¡NO! No uses el tiempo como excusa para posponer -procrastinar- y escudarte en síndromes inventados de la sociedad moderna y así poder justificar tu falta de voluntad. Mírate al espejo como hago yo todos los días: de frente, de lado. Sigue la silueta de tu figura y si te sientes bien, lúcete y si te sientes mal, toma las decisiones adecuadas; nunca es tarde para empezar, pero como he dicho, empezar es siempre lo que más cuesta.

Esto es como escalar el Everest: el ascenso a la cima es complicado, pero llegar a esos casi nueve mil metros de altura y contemplar lo que has dejado abajo es indescriptible. Las palabras se van con el viento, pero las acciones dejan huella hasta en las piedras. 

Buenas noches a todos y ¡gracias por su apoyo!
H.


Bowen
La obesidad es una enfermedad crónica, por lo tanto, este viaje que ha empezado en 2014 ha de prolongarse hasta el día de mi muerte. Leído y visto así, parece un mantra con una carga emocional/espiritual importante pero nada más lejos de la realidad: es un compromiso a largo plazo -e indefinido. Ahora mismo, de los tres grados de obesidad me encuentro en el grado III, a tan solo cuatro puntos de bajar al grado II. Voy en descenso, sí, pero el riesgo siempre hay que tenerlo presente. 

Mi alimentación ha cambiado para siempre al igual que mis hábitos. Aunque haya pereza, hay que hacer ejercicio y aunque no apetezca, hay que cocinar. No puedo volver a caer en hábitos dañinos anteriores -tampoco lo hagas tú si te has unido al paseo. No sufro, no padezco y no lloro por las noches al acostarme pensando en cuántas rebanadas de pizza podría haber cenado en vez de un par de salchichas de espinacas con setas, champiñones, cebolletas y espárragos. Al tener la obesidad pisándome los talones (nunca mejor dicho), el 'sufrimiento' se transforma en energía que, misteriosamente, te da un empujón para no venirte abajo. Nunca antes había entendido aquello de que el miedo crea salud... hasta ahora.

Muchos me sugieren comer algo fuera del plan "de vez en cuando" pues por un poco "no pasará nada", pero la verdad es que me encuentro bien como estoy. He encontrado sustitutos y lo más importante es mantener la mente ocupada para  no dar rienda suelta a la ansiedad y acabar enganchado a la Fluoxetina. Recuerden, la obesidad -o la tendencia a ser obeso- no es temporal, sino crónica y llegados a este punto sólo quedan dos opciones: matar [a la enfermedad] o morir [a manos de ella]. 

Grandeza, felicidad y bienestar. Ese debería ser el mantra universal.
Buenas noches a todos y ¡gracias por su apoyo!

H.
Bowen
Así empieza el par de mensajes que he recibido estos días: [como yo también quiero bajar de peso] "Me pregunto si podrías pasarme por privado la dieta que estás haciendo y los ejercicios... a ver si me aplico el cuento yo también". ¿Esto es en serio?

Ni todos los cuerpos son iguales, ni todos necesitan lo mismo. La gente es a las dietas como un enfermo es a la automedicación. Tu cuerpo es diferente al mío y los nutrientes que yo ingiera serán diferentes pues tengo un objetivo diferente al tuyo. ¡Qué coincidencia! ¡Yo también quiero bajar de peso! Enhorabuena [disculpen el sarcasmo], pero esta 'dieta' como tú la llamas es lo que yo he denominado un programa de reeducación alimentaria. Como dije en un post anterior, conozco a mi cuerpo y sé lo que le funciona y lo que no, y aún me queda mucho por ver. Por ahora, he quitado lo que a mí no me funcionaba y he seguido hacia adelante. Recuerden lo que escribí en la entrada de hace unos días: aprende a pescar, que no te den el pescado hecho.

Si no eres capaz de organizarte por medio de Internet -una vasta a la vez que perjudicial fuente de información-, sentido común y fuerza de voluntad, encomiéndate a un especialista y él sabrá qué es lo mejor para ti. Está bien ser una especie de hito en el que algunos se fijan y sienten el impulso por cambiar -no que yo sea una figura de inspiración, por favor- pero pedirme detalles pormenorizados de rutinas de ejercicio y mis menús cruza la línea más allá del pasotismo y el caradurismo. 

Cree en ti y no en mí. 
Cree en tu fuerza de voluntad y no en la mía.
Cree en tu felicidad, en tu grandeza y en tu bienestar personal.

Buen inicio de semana para todos y ¡gracias por su apoyo!

H.


Bowen
Todos hemos soñado alguna vez con encontrarnos con una lámpara, frotarla y que de ella saliese un ifrit (dícese 'genio') generoso para concedernos tres deseos: dinero, belleza y salud -bueno, este último la gente suele cambiarlo por 'muchas mujeres', 'pecho más grande', 'un pene más largo' o un simple 'que me quieran'. Lastimosamente, esas fantasías arábigas son solo parte de "Las mil y una noches" y "Aladino"; quien quiere dinero, ha de partirse el lomo trabajando; quien quiera belleza tiene en sus manos el poder de mejorarse a sí mismo, y la salud es algo personal. Concluyendo, salvo que encomiendes tus deseos al ser supremo de la religión que practiques -si lo haces- y creas en los milagros, nada pasará si no eres tú quien decida que pase. Y así me pasó a mí.

La base de todo el proceso es la motivación. Existen grupos de amigos que se someten a regímenes para poder perder peso todos a la vez, bien sea por solidaridad, búsqueda del bien personal o por competencia. Motivación grupal, dicen. A veces funciona, a veces no. En mi caso personal, la principal herramienta que hizo mella en mi cabeza fue Instagram. Entre mis seguidores y gente a la que sigo, hay muchos y muchas personas involucradas en el mundo del fitness, que han hecho de él su trabajo como yo la enseñanza de idiomas modernos. Fotos diarias, admiración, rechazo, "demasiado sacrificio", pensaba... Pero poco a poco fue cambiando mi perspectiva y ¡zas! Desperté. ¿Qué pasa? Lo primero es que tanto yo, como tú, apreciado lector, tenemos que pensar en que bajar de peso (o buscar el bienestar si jugamos con la semántica) NO va a pasar en dos días, ni en dos semanas. Si quieres perder veinte kilos en cinco días, pues hazlo y luego nos vemos en el funeral porque probablemente tus órganos sufran algún colapso tras tan abrupta pérdida. Hay que aceptar que es un proceso largo y que nos sentiremos bien y mal, y ¡cómo no! Querremos tirar la toalla.

No soy un gurú nutricional ni mucho menos. Hasta hace poco me comía una pizza familiar entera o desayunaba con croissants, pero he aprendido -gracias a que tengo buena boca- a reeducar mi alimentación y que, sobretodo, nunca es tarde para hacerlo. Mi abuela, una señora de ochenta y pocos años, obesa, ha perdido doce kilos y a pesar de que el daño a su espalda ya está hecho, tiene mucho mérito. Si ella pudo, ¿por qué yo no? ¿Por qué  no? Si rompes la dieta tu cerebro te lo reprochará siempre (recuerden la entrada sobre el cerebro como arma de destrucción masiva) pero NO la abandones. Retómala en tu siguiente comida, vuelve al día siguiente. Yo mismo sentí las ganas de mandarlo todo a la porra, pero les recuerdo que desde que decidí a contar mi experiencia, estoy expuesto a la sociedad como un concursante de Gran Hermano -la comparación que hice días atrás tenía razón de ser- y no puedo permitirme fallar[me] ni fallar a aquellos que creen en mí, ni mucho menos a aquellos que se han subido a la montaña rusa conmigo.

Crean en sus poderes para cambiar, no en el balón gástrico de Corporación Dermoestética. 
Cree en ti y no esperes a que el ifrit venga a darte el pescado hecho: aprende a pescar.
Concédete a ti mismo tres deseos: felicidad, grandeza y bienestar personal.

Un saludo a todos.
Gracias por su apoyo.

H.



Bowen
Buenos días a todos.

Anoche adelanté que hoy era el primer peso oficial tras las primeras cuatro semanas de mi viaje. Los resultados han sido satisfactorios, aunque quizás no tan inesperados, pues la ropa no miente y mientras una va quedando grande, otra se abre camino y empieza a quedarte bien. Aquí dejo la prueba del "delito". Gracias a todos y buenos días.

-10,700gr (14/02-14/03)

Bowen
Mañana día catorce de marzo se cumplen cuatro semanas desde que decidí aquél Día de San Valentín que reeducaría a mi cuerpo y a mi alimentación. ¿Han pasado rápido? Sí, y no ha sido un camino de flores precisamente. Esto ha sido, ¿cómo decirlo? Como un paseo en una montaña rusa. Hubo días que estuve en lo alto y contemplaba todo lo magnífico y hubo días -no tan lejanos- en los que llegué a ras de suelo y vi los engranajes del coche en el que voy. He decidido abordarlo como si fuera un show, un reality en el que cada semana se nomina a una serie de kilos por diversas razones y la voz de mi cerebro, en este caso el Big Brother hace de Mercedes Milá como mediador entre los que aún se quedan en casa y los que llegan a plató. Semántica aparte, me siento bien.

Ahora me dispongo a realizar mi segundo entrenamiento del día. Logré sobreponerme del malestar anímico y físico de esta madrugada y al mediodía saqué adelante mi primer workout del día. Una cena rica en proteínas -pavo asado-, algún batido caerá antes de irme a dormir y me fumaré una shisha para celebrar hasta donde he llegado. Para algunos no será nada... Probablemente sea el hazmerreír de la fauna del gimnasio, pero a pesar de que se cuestione mi conocimiento, a este cuerpo lo conozco bien y sé lo que le funciona y lo que NO.

Mañana, entre las 6:00 y las 7:00 pretendo pesarme y sea cual sea el resultado, lo tendrán en forma de fotografía de la báscula. El misterio alrededor de una cifra que es evidentemente descendente (aunque sin saber exactamente cuán baja es) se desvela mañana, cuando serán entonces 30 días + 1 de búsqueda del bienestar. 

Que sigan bien y gracias por los mensajes de ánimo.

H.
Bowen
Desperté a las 5:20 con intención de hacer ejercicio antes de ir a trabajar como ya hice el martes, ya que entro más temprano que de costumbre. El dolor de cabeza -que aún tengo- es brutal y en conjunción con la desmotivación generalizada de la que soy presa desde ayer, he pospuesto la hora de ejercicio al mediodía. Salud, bienestar, aceptación social, selección natural, selección sexual, competencia... Una mañana oscura como la de hoy pienso que todo tiene un precio alto y de verdad me pregunto si al final del camino merece la pena tanto sacrificio y privación. Sucumbo ante la paranoia de volver a ganar lo perdido, pero hoy, ahora, no me siento con fuerzas.

Espero que la mañana traiga más luz.

Gracias y buenos días a todos.
H.
Bowen
Esta tarde hacia las 14:56 tuve una bajada de los niveles de azúcar en sangre. No, no me desmayé pero me mareé y todo me dio vueltas un rato. ¡ZAS! Recordé que tenía unas galletas de Fontaneda "Fruit & Fit" y me comí un par de ellas. Supuestamente son de bajo contenido calórico, pero aún así tienen algo de azúcar (me parece que 8gr por galleta) y, llevado por las ganas de recuperar el control sobre mi cuerpo, cayeron un par de ellas. El alivio fue casi inmediato, así como también el sentimiento de culpa: mi cerebro había desplegado un ejército de culpabilidad en todos mis cortices y le había declarado la guerra a mi superyó. Ha logrado permanecer constante a lo largo de seis horas de trabajo continuo y es ahora, cuando llego a casa, cuando más ímpetu adquiere y se ríe de mí. 

"¿Por qué las galletas y no un plátano?", me pregunta. 
"Pues, porque no tengo plátanos en casa por su alto contenido en azúcar", le respondo. 
"¿Y por qué no te deshiciste de las galletas?", recalca -con mala leche.
"Porque serían parte de mis tentempiés de domingo a futuro", repliqué.
"Sabías que acabarían así, tarde o temprano. No me vengas con cuentos chinos", decía entre carcajadas.
"Si tú lo dices..."

Quizás en el fondo lleve razón y sabía que pasaría. Pero, ¿por qué no con la empanada gallega que tuve bajo mi dominio 24 horas? ¿Por qué no con un trozo de pan con chorizo? Porque tengo lo que llamamos en inglés un sweet tooth, dícese de aquellos que son golosos y les encanta el dulce. Sí, ese es mi gran lastre: el chocolate, los dulces, las buenas pastas, tartas deliciosas... y todo eso ha estado fuera de mi nuevo menú de reeducación alimentaria... hasta esta tarde, cuando debido a las restricciones mi cuerpo gritó: ¡AZÚCAR! -muy a lo Celia Cruz, que en paz descanse- y tiré por el camino fácil. 

¿Significa esto que ahora tiro todo por la borda? ¿Todo lo conseguido, ahora que se nota el cambio? La ropa empieza a quedar grande, los huesos encuentran salida entre la grasa y los músculos se van tonificando. No. Esto me sirve de ejemplo -y a todos- de que somos humanos y en algún momento nos venimos abajo, pero lo importante es levantarse, sacudirse para no ir por la vida lleno de migajas y tierra y seguir adelante. ¿Cena? Atún al natural y brócoli. ¿Antes? 1 hora de ejercicio. ¿Me pesa? Me pesa haberme comido esas galletas, pero la voluntad de hierro sigue. Hay que reeducar al cerebro y hacerle entender que no todo es negativo. La mente es un arma de destrucción masiva y si no sabemos ser diplomáticos con nosotros mismos, nos autodestruiremos como los mensajes de la "Misión Imposible" de antaño. 

Buenas noches a todos -y no dejen que su mente les controle.

Gracias.
Héctor.
Bowen
Buenas noches a todos.

Esta es una brevísima entrada, pues ya mañana lunes actualizaré el blog con una nueva entrada sobre Instagram como herramienta de motivación -sí, suena raro pero es así.

Hoy he conseguido llevar a cabo un movimiento que, para la mayoría de ustedes, es fácil de realizar. Ha pasado mucho tiempo desde que pude hacer tal estiramiento por última vez, pero han de entender que el diámetro de mis muslos (y no es porque tenga unos cuádriceps esculpidos precisamente, pero ya se han fortalecido un poco, todo hay que decirlo) en conjunción con el diámetro de mi cintura abdominal no me permitían que alcanzase mis tobillos flexionando las piernas hacia atrás.

Ahora, ya puedo: 10% conseguido.



Buenas noches y buen inicio de semana.
Héctor.
Bowen
Cortesía de Justine Tally & Walter Hölbling. Grandes anfitriones.



Buena semana para todos (sean indulgentes pero no dejen de ser constantes).
A entrenar piernas me voy.

Héctor.
Bowen
Domingo, el día del Señor. Día, por lo general, de descanso. Según la cultura o la doctrina religiosa este día termina una semana, empieza otra, se duerme de más -aprovechando esas horas extra que nos otorga el fin de semana- y claro, se come más. Yo no he comido más, no me lo puedo permitir, pero tuve una gran pelea. Después de acabar de pelear, sudando la gota gorda, mi voluntad pudo contra La Pereza. Según los cristianos me habría ganado un pedazo de cielo al haber doblegado a uno de los siete pecados capitales.

Fui invitado a comer y mis anfitriones se comportaron impecablemente. Cocinaron una pata de cordero y ensalada, pues sabían en la aventura en la que me encuentro y no querían obligarme a salirme del camino. Al llegar a casa, sabía que tenía que cumplir con mi rutina diaria de ejercicios pero la Pereza se hizo presa de mí por unos segundos. ¿Y si lo dejo para mañana? Se me cruzó por la cabeza saltarme el workout e irme con mi hermana a ver los Oscars, pero claro, si lo dejo para mañana, llegará el momento en el que diga: "bueno, como estamos de vacaciones de carnaval no pasará nada si lo dejo hasta el Miércoles de Ceniza", y empezará la procrastinación hasta que se perdería lo conseguido hasta ahora. 

Me cambié de ropa, me vi en el espejo y empecé con el calentamiento. Aún la Pereza estaba en mi cabeza intentando hacerme su presa, pero la ignoré y continué. Habiendo completado con éxito mi rutina de ejercicios, algún que otro dolor muscular y una camiseta sudada -preciosa imagen- afirmo que hoy, domingo, la constancia se impuso a las doctrinas y la fuerza de voluntad se mantuvo firme e hirta como uma barra de ferro (Pantomineiro Alexandrino). 

Buen inicio de semana para todos.
Buenas noches.


Bowen
¿Qué pasaría si pudiéramos contar hasta tres y en un abrir y cerrar de ojos pudiéramos desaparecer todo aquello que problematiza nuestra existencia, así, cual acto de magia? Seríamos más felices, probablemente; pero, ¿y los retos dónde quedarían? ¿Dónde quedaría el tomar decisiones arriesgadas, a veces buenas, a veces malas? Dentro de nuestra cabeza nuestro cerebro musita y nos lleva a pensar que somos inmortales cuando desde que somos unos críos, la muerte acecha en todas sus formas y nos recuerda que el viaje por aquí es finito. Soñamos con comernos el  mundo y con ser magos, poder transportarnos de un lugar a otro en segundos -aplicando la ley del mínimo esfuerzo sin mover nuestra pesada retaguardia del confort del sofá-, pero la verdad es que la magia no existe: es una ilusión.

El catorce de febrero de 2014, mientras muchos de ustedes celebraban el Día de San Valentín con flores, cenas románticas y chocolates variopintos, yo desperté y tomé una decisión que fue producto -quizás- del cansancio mental al que he estado sometido los últimos siete años. Frases célebres como: "Yo cuando te veo no veo a una persona sino a un enfermo", "abrazarte me es imposible porque no me llegan los brazos a la espalda", "no te sientes ahí porque la silla no aguantará tu peso" o "¿De qué te vale cambiar tu look si no cambias lo demás?" fueron parte de un repertorio que más que alejarme del bienestar, me revolvían y me llevaban a ignorarlo todo mientras me comía -a gusto- una barra de chocolate Cadbury tamaño familiar. Sí, esa que venden en Hiperdino y que cuesta casi cinco euros, por lo que a fin de mes, se siente en el bolsillo. Esa mañana me desperté y dije: se acabó.

De mi salario, dispuse una cantidad de dinero considerable y cambié radicalmente los alimentos de mi nevera, congelador y despensa. Llené una bolsa de basura con aquello que provocaba que mi cintura abdominal se disparase hasta el punto de crear un sistema gravitatorio a su alrededor, como Peter Griffin en "Family Guy". Compré una pesa de las mejores y habiéndome despojado de la ropa holgada para disimular la figura me pesé: 150.7 kilogramos. Lo apunté en un folio blanco titulado "Control de peso" y lo puse en la puerta de la nevera con un imán. Los días de peso serían de semana en semana y hasta hoy -tan sólo dos semanas y cuatro días- sigue siendo así. Eliminé de mi dieta pastas, arroces, féculas y a mi compañero de viaje, el azúcar refinado. Adiós a Cadbury, quienes seguro sintieron mi partida al no comprarles más chocolatinas.

A día 1 de marzo, a las 8:32 a.m. mi peso era de 143.6 kilogramos. Rutinas de pesas a diario combinado con sesiones de cardio intensas más una alimentación sana -sin decirle a mi cerebro que estoy a dieta (nunca lo hagas porque te traicionará y te rendirás a la mínima)- me han llevado a perder 7,100 gramos de forma sorprendentemente rápida. Menos mal que mi cuerpo y mis músculos tienen memoria y se recuperan pronto. El bienestar total aún está lejos, por allá a mediados de un 2015 pero no tengo prisa, ya que con este tema nunca debe haber prisa. Yo no soy mago, ni soy ilusionista; soy simplemente un obeso mórbido diagnosticado con predisposición genética para la diabetes, la hipertensión, el cáncer y las aneurismas -un historial familiar de lujo. La magia para los magos y el esfuerzo para los mundanos.

Buen fin de semana.
Felices carnavales.