Bowen
Buenas tardes a todos, he vuelto. Ha pasado un año desde la última vez que publiqué algo en este blog y creo que es necesario retomarlo pues resulta ser una vía de escape. ¿Por qué en el punto de mira? Porque estoy en constante escrutinio no solo personal sino a mi alrededor y he fallado. La gran primera crisis ¿psicológica? en este viaje ha hecho mella y no me deja avanzar. Ser un comedor emocional y sufrir ansiedad son dos cosas que van de la mano y van en mi contra. Le digo a mi cerebro que puede controlarlo, pero parece ser que no.

"Te ves bien."
"Sigue así."
Yo no me veo bien. Al caminar siento la grasa como se mueve a mi alrededor cual gelatina nerviosa y es una sensación física y mentalmente desagradable. Se puede perder peso, pero el cerebro no adelgaza. Cosa curiosa.Una serie de eventos me han ido acorralando poco a poco y finalmente mi cerebro ha recaído, me he refugiado en la comida. He subido de peso, principalmente líquido y lo veo. Sí, he desarrollado bastante masa muscular pero recordemos que no soy un culturista, sino un obeso intentando bajar de peso. La frustración es bastante grande.

¿Qué queda? Pues, he rescatado el pulsómetro para intensificar el ejercicio cardiovascular a pesar de tener la motivación al mínimo. Ya lo decía estos días, "lo difícil no es empezar sino mantener la motivación a largo plazo". Me deshago de la báscula. Es un demonio electrónico cuadrado que me controla y me obsesiona. Estará sin batería mucho tiempo, el que considere necesario para restablecer nuestra relación. Y lo más importante, no dejar que la crisis gane más terreno. Ya con la crisis económica y de valores por la que atraviesa Europa es suficiente. Todos podemos -y esto no es propaganda política.

Gracias a todos.

Bowen
He vuelto.





Bowen
En la más profunda espesura de la humanidad se esconde una criatura con aspecto de hombre o mujer. Esta figura se alimenta en la oscuridad, con un apetito voraz... quizás la hayas visto, como lo hemos hecho todos. Vive retirado-a del espectro social, pero aparece una vez cada x número de años, como si fuera un ciclo. Aparece, especialmente, cuando nos ponemos a dieta y cuando hemos logrado cumplir un objetivo, se pone sus mejores galas, se abre paso entre la multitud que te aclama y te ataca con su arma más letal: toma, un poco de chocolate para celebrarlo, que por un poco no pasa nada.

Letal. Mortal. 

Siempre existe este grupo de personas a nuestro alrededor, que buscan recompensar al ladrón con botines robados en vez de hacerle devolver lo que robó en primer lugar. ¿Cuántas veces no han intentado perder peso y se han visto emboscados por la típica comida familiar, el cumpleaños de algún-a amigo-a o algún compromiso social en el que esta criatura te anima a caer en la tentación como si no fuera o pasara nada? El problema es sencillo: estas personas desconocen el significado de la palabra sacrificio. Por otro lado, estas criaturas piensan que el comer sano forma parte de un espectáculo circense donde los números se suceden intercalando episodios de comida basura con períodos de letargo bajos en calorías, es decir, algunos piensan que estamos dispuestos a vivir en una montaña rusa porque por un poco no pasa nada.

¿Le dirías a un alcohólico que por una copa de vino no va a recaer en su enfermedad? 
¿Le ofrecerías un elaborado porro de marihuana fresca a un toxicómano en desintoxicación?
¿Me pondrías delante un muffin de queso con arándanos? Tú no, pero ellos sí. Y no sólo  a mí, sino a todos.
No podemos cometer un genocidio contra estos corazones helados, pues normalmente forman parte de nuestro entorno. Sería adictivo marcarnos un Patronus y repelerlos como a los Dementores en el universo Rowling cada vez que quisiéramos (o un Crassus Patronus para repeler la grasa corporal), pero sólo nos queda ser pacientes. De todas formas, hemos de recordar que ser paciente e indulgente no tiene nada que ver con ser permisivo; con un "no gracias" escapamos, es más que suficiente. ¿Y si insisten? No aguanto dos pedidas, pensarán. Repite conmigo: tengo que aprender a decir que no.

Nadie dijo que todo esto fuera fácil, pero si lo fuera, entonces la victoria no sabría tan bien.

Buen fin de semana.

H.

"Tu madre e[ra] tan gorda que su Patronus era una tarta"

Bowen
Hagamos un ejercicio. Yo escribiré una frase que tú leerás en voz alta:

NO PIENSES EN UNA PIZZA CALIENTE

Y ahora te pregunto, ¿en qué estás pensando? Probablemente en una pizza caliente, con todos los ingredientes que gustas -la mía siempre será la Pepperoni Pizza o Americana, como la llamamos en España, y cómo no, se te hace la boca agua. Ahora, escribiré una segunda frase que volverás a leer en voz alta:

LA PIZZA TIENE CARNE DE RATA 

Y ahora probablemente hayas eliminado automáticamente esa idea de una pizza deliciosa -yo aún la tengo, conmigo esto no funciona- de tu cabeza. El asco de imaginarte degustando un trozo de carne de rata va contra natura, así que la imagen ya no forma parte de nuestro archivo de imágenes. Todo esto es pensamiento condicionado o manipulado, por lo que cuando tenemos hambre, ¿tenemos realmente hambre?

Muchos me preguntan qué como. Les hago una lista virtual, muy por encima de aquello que incluyo y excluyo de mi dieta sin dar detalles y acto seguido me dicen: ¿entonces tú qué comes? Tendemos a pensar que la vida se construye con y alrededor de carbohidratos refinados, y que sin ellos no podríamos vivir. Entonces, te despiertas y te desayunas con un trozo de bizcocho y un café con leche. En teoría, le has dado al cuerpo energía para arrancar el día, pero llegas al trabajo/universidad/donde sea y ves a uno de tus compañeros comiéndose x. "No tengo hambre porque ya he desayunado", piensas. Entra en juego la primera frase: "Pues la verdad es que tengo hambre" por lo que vas y buscas algo que picar. Así se me fueron años completos a mí, con dobles o triples desayunos y picando descontroladamente entre horas. Total, estás tú (A) con tu primer desayuno (A1) y tu antojo (A2): A = A1 + A2. Porque sí, es un antojo, no hambre real.



El antojo en sí es como el marketing, pues funciona bajo el mismo principio: generar el deseo de tenerlo en el objetivo de la campaña. En ambos casos tenemos el poder de negarnos y decirle al cerebro que no, pero es más fácil decir "no voy a comprármelo porque no lo necesito" a "no voy a comerme este Kinderbueno", ¿verdad? Todos, todos luchamos contra la tentación a diario y mira que la tentación es vieja, que ya por la época de la Biblia estaba tocando las narices. Es más fácil, por supuesto, dejarnos llevar y caer en ella que luchar contra ella. Como dijo Loki en The Avengers, "nuestra naturaleza es sumisa" y preferimos ser gobernados... por la comida y nuestros impulsos.

Cuando tengas hambre la próxima vez, pregúntate si es hambre o simplemente viste a alguien comer algo y te "dieron ganas" de comer a ti también. Es preferible dejar pasar el tren del antojo puñetero que esconderá grasa en las cavernas más inaccesibles de tu cuerpo, a subirte en él y dar un plácido paseo por los picos de insulina que hay en la sangre tras comerte un paquete entero de Oreo (unas veinticuatro galletas con unas 1272 calorías, a 55 por galleta -y de esas, yo me podía comer tres paquetes). Ahora escribo una última frase que leerás en voz alta:

SI TÚ PUEDES, YO TAMBIÉN

Buenas noches.

H.

Bowen
Buenas noches a todos... me perdí, sí, he vuelto a tocar fondo (con un resfriado que cogí a tiempo y me tuvo apartado de mi rutina de ejercicios durante estos días). Bueno, como llevo días sin hacer ejercicio, ya lo dejo para mayo y empezamos el día primero -así empezamos la procrastinación. ¿Sabes lo que es? Proviene del latín procrastinare y significa 'aplazar'. Viene muy de la mano con el famoso dicho 'no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy'. Cuántos clichés y cuántas verdades. Cuando leas esto, pregúntate cuántas veces has intentado hacer algo y te has dicho a ti misma/o "mañana", "la semana que viene" o "cuando sea el momento adecuado". Me remito a las sabias palabras del personaje interpretado por Chandra Wilson en "Grey's Anatomy", la Dra. Miranda Bailey: "nunca es el momento adecuado", es decir, o lo haces o no.

He seguido con mi programa de reeducación alimentaria. He de decir que la llevo adelante con éxito y mucho sacrificio; sacrificio que se ve recompensado con los comentarios positivos, el feedback de quienes te ven poco y se sorprenden de tu cambio. Este martes se cumplen ocho semanas, dos largos meses que han pasado rápido si miro en el tiempo. Esos comentarios son el combustible necesario para repostar energía y aguantar un día más, ¿verdad? Pues no siempre es así. Pongamos un ejemplo. En mi trabajo hay una alumna guapísima que físicamente comparte mucho parecido con Lady Gaga. Parte de su personalidad es vestirse y maquillarse como ella, llegando a ser casi una hiperrealidad con la que sustituir a la propia artista. Si cada vez que la viese -dos veces en semana, ocho veces al mes- le dijese lo guapa que se ve, lo original que es, lo transgresora, lo valiente y lo segura de sí misma que es por atreverse a convertir su vida en una performance, mis palabras dejarían de significar. Ya lo decía Margarett Mitchell: Lo que el viento se llevó (fueron las palabras, agrego yo).

Todas las personas que estamos atravesando un viaje de este tipo, sea por obesidad, por intento de autolisis, por anoxeria, por un divorcio, por la menopausia, por estar triste, por estar feliz, sea por lo que sea, sí, agradecemos el apoyo verbal pero no siempre es positivo. La pregunta es ¿por qué? Recuerden lo que digo del cerebro: es un arma que absorbe lo que quiere a su antojo y luego produce en nuestras mentes impresiones que influyen sobre nuestra perspectiva de las cosas y en última instancia, en nuestras acciones y elecciones. "Qué bien te veo", "hoy te veo un poco más inflamado", "tienes muy buen aspecto", "parece que el fin de semana no te ha ido muy bien". Si eso lo plasmamos en una imagen obtendremos esto:


Los gymrats dirán que el cuerpo realmente se construye con la dieta, no con el ejercicio. Pues así como desafié los planteamientos de Judith Butler en mi tesina de máster, les desafío y les digo que más que la comida y el ejercicio, es el cerebro el que manda. La disposición, la voluntad, las ganas, el querer, todo eso se encuentra almacenado en el órgano más complejo de nuestra máquina de relojería particular. Las palabras, si tienen significado, animan, hieren, aúpan, destruyen, levantan muros, diseñan realidades. Por eso es recomendable que, tras pasar tiempo sin ver a una persona, no sigan la convención social de dirigirse al primer cambio que se observa: "qué gorda-o/vieja-o estás" porque al desconocer la realidad de la otra persona, no sabemos si incurrimos en la destrucción de la seguridad en sí misma-o. 

El viaje de la vida es, sin lugar a duda, un viaje en una montaña rusa emocionante, lleno de miedos, terrores, alegrías, diversiones, tristezas, satisfacciones y desilusiones. No se dejen engañar por aquellos que dicen que la vida es perfecta -o por aquellos que dicen llevar una vida perfecta. Todos tenemos nuestro talón de Aquiles y recuerda esto siempre: no busques el momento adecuado para hacer las cosas, hazlas y refuerza las fortalezas, no las debilidades ya que éstas últimas son lo que alimentamos cuando nos vemos al espejo y luchamos contra nosotros mismos para convencernos cada día un poco más de que somos mejores. 

Las palabras significan, y mucho.

Buen inicio de semana.

H.
Bowen
Cuando vas a un restaurante y tienen un menú con fotos de los platos que sirven, tu cerebro bloquea cualquier semejanza con la realidad y se dice a sí mismo que lo que está comiendo -aunque esté descuadrado, sea más pequeño o no tenga los mismos colores- es aquello que vio al principio en esa imagen persuasiva. El cerebro entonces ha sustituido la realidad por la copia sin darnos cuenta. Así comemos por los ojos.

Todos sabemos lo que es tener hambre y también lo que es tener un gusanillo, esas ganas de comer algo entre comidas pero sin que sea excesivo, que sea lo suficientemente satisfactorio para mitigar el 'hambre' pero que no nos la quite para la siguiente comida. Te levantas, te duchas, te vistes, un café con leche y te vas sin desayunar: error. Luego llega el mediodía y nuestros ojos empiezan a facturar mesones de comida que se multiplicará y llenará nuestro estómago de forma copiosa y a veces, descontrolada. ¿Nunca les ha pasado también estar en un sitio y pedir lo que ella o él está comiendo? Los ojos además de ser una ventana al alma, son un escáner letal. Como decía el sabio Mufasa, todo aquello que abarque tu visión será tuyo y ahí es cuando vienen los problemas. Siempre he tenido -y tengo- un campo de visión demasiado extenso y mis kilos son prueba de ello.

Un anuncio de Oreo, Chips Ahoy, Domino's Pizza o Burger King y nuestras glándulas salivales nos llenan la boca de saliva como si no hubiéramos comido en días. El impulso es inmediato: lo quiero, y al final no es más que psicología (y mucha filosofía). Las campañas de marketing están destinadas a potenciar el consumo y si en el proceso se afecta a la salud, las farmacéuticas y el ramo de la salud -incluyendo la cirugía estética- saldrá beneficiado. Todo es negocio y la comida es una corporación que desconoce fronteras, sexo e ideología.

Ya lo dije una vez, el autocontrol es importante. Ahora mismo, tras haber tomado un batido de proteínas y tener el estómago aparentemente lleno, las ganas de pedir una pizza son del 1 al 10, siendo 1 'para nada' y 10 'lo quiero con locura', un quince. Mis seguidores/los que sigo en Instagram suben fotos de sus cheat meals que se componen de pizzas y hamburguesas y me desconsuelo. Pero hay que ser inteligente, creativo, astuto y darle la vuelta a las cosas. Recuerda que comemos por los ojos y si la comida que ponemos en nuestro plato luce atractiva, comeremos con más ímpetu y el grado de satisfacción será mayor. Parece un post sobre decoración, pero háganme caso: tómense su tiempo y preparen un plato digno del hipsterismo instagramero, resulta más atractivo engañar a tu cerebro; es una prueba de que aún eres dueño de tu cuerpo.

Paciencia es la clave.
Cocinen y coman, que perder peso no es dejar de comer.

H.


Bowen
El fin de todas las cosas

Me vi en el espejo tras haber empaquetado toda la ropa en bolsas para guardar en caso de que en el futuro pudiera reutilizarla y dije: me cansé.

¿De qué?

De intentarlo. De subir y bajar. De comentarios, de reglas, de insistencias e imposiciones. De normas restrictivas, estúpidas e inmaduras. De sistemas autoritarios pormenorizados que lo único que querían era extender su gran poder de Big Brother. Me cansé de ser el error de un ensayo constante que llevaba practicándose muchos años. Ese día renuncié al bienestar; ese día fue el fin de todas las cosas. Nada apocalíptico, aunque sí desgarrador. No hay nada peor que la mirada de victoria en el ojo de tu enemigo mientras este abre la boca y perfilando sus palabras suelta un: "te lo dije".


¿Tuve pensamientos suicidas? Soy demasiado cobarde como para atentar contra mi vida y quien me conoce, sabe que temo a la muerte lo suficiente como para querer quitarme la vida -mucho menos por  haber subido de peso (aunque peores cosas se han visto). Desde ese momento volví a formar parte del grupo social al que le dicen cosas del tipo: 

1. Los GORDOS (énfasis necesario) no tienen derecho a escoger su pareja a nivel sexual. Se tienen que conformar con lo que hay porque no excitan a nadie.
2. Aquí no tenemos ropa para GORDOS. Tallas especiales sólo en C&A.
3. No te puedes quejar, ustedes los GORDOS siempre están felices y todos tienen el pene pequeño (seguido de una carcajada).
4. Es que das, bueno, dan asco todos los GORDOS.

Podría seguir. Ahora, tras cinco entregas la respuesta a ¿Cómo se hace un obeso? es simple: se hace a imagen y semejanza de su estado de ánimo. Aquí es donde entra el círculo vicioso porque te sientes fatal por tu estado, mitigas tu dolor con una deliciosa tarta de chocolate -sí, entera- y vuelta a sentirte fatal. Sabes que la ropa no te sirve, pero no puede dejar de comer porque te sientes miserable. Sabes que no tendrás sexo pero el chocolate es un buen sustituto. Sabes que la gente en la guagua (bus) y en el tranvía se incomodarán al tener que sentarse a tu lado, pero la tableta Family Size de Cadbury es adictiva. El Prozac puede acabar con tus órganos, supuestamente te ayudará a controlar la ansiedad, pero abandonas el tratamiento y recuperas la caja de galletas abandonada al fondo de la despensa. Y ahora te ves en el espejo y dibujas con tus ojos una figura endomorfa, de corte esférico, un cuerpo pera. 

La sociedad no tiene la culpa. 
Tampoco la tienen los cánones de belleza, la cultura al cuerpo, los gimnasios ni los vigoréxicos.
Mucho menos tiene la culpa la gente a mi alrededor que me veía comiendo una pizza entera o un paquete de galletas, seguramente pensando miles de cosas, pero incapaz de decirlas para evitar herir sensibilidades.

¿Cómo se declara el acusado? Culpable.

El obeso se hace a sí mismo porque interviene el consciente como parte activa. Aún sabiendo que las consecuencias son terribles, decides caminar hacia el precipicio pensando que, en algún punto, habrá un tronco atascado que aguantará tu mórbido cuerpo en caída libre. Si saben de física moderna, hagan sus cálculos con mi estatura (177cm) y mi peso en aquél entonces (157Kg) y apliquen las fórmulas correspondientes. ¿Resultado? Desastre.

Fue un momento de mi vida que no ha quedado tan atrás en el tiempo. Es una época oscura donde te refugias en las grasas trans y en azúcares refinados, porque en vez de juzgarte se convierten en parte de ti -nunca mejor dicho. El obeso es un actor (¿no lo somos todos?) y representa un papel en la sociedad. Su figura es el contraataque de la belleza apolínica, de la armonía y del sacrificio que conlleva tener una buena salud y verse bien. Ese antihéroe antagonista acaba por vivir la vida que su rol representa y es un error en sí mismo, utilizando la comida como escudo y analgésico para mitigar el dolor. Sí, ser obeso duele: te duelen las rodillas, te duele la espalda, te sofocas, sudas como un cerdo, te duele el pecho, piensas en infartos cada dos segundos, en morir como tu madre y por supuesto, duele en el alma. Las agujetas son más largas que la vida.

Por siete años más me cebé. Me mimé como a un rey del Medievo. Me anulé socialmente y lo sabía. En el fondo, siempre lo he sabido. He vivido en los oscuros pinos bajo el agua (guiño a la poeta canadiense Gwendolyn MacEwen) y vi como mi yo acababa conmigo. Sufrí un diluvio universal personal, para unos el fin, el fin de todas las cosas; para otros, el comienzo. Y ha sido extremadamente duro.

Los gordos, o los obesos no somos felices. 
Los gordos, o los obesos nos reímos de nosotros mismos para evitar que el dolor del otro hiera primero.
Los gordos, o los obesos somos guapos, feos, altos, bajos. Tenemos piel y pelo. Somos homosexuales, lesbianas y heterosexuales. Algunos rezan, otros filosofan. Tenemos sexo, limpiamos, planchamos y cocinamos. Somos como tú. 

Pero mientras el mundo no se dé cuenta de eso, sólo nos queda el cambio.
Yo estoy en ello, ¿y tú?

H.