1996-2002: La isla del Doctor Moreau
Esto no es un documental de Discovery Channel sobre "cómo se hace" sino "cómo se crea" un obeso. En la primera parte recorrí las dietas infantiles que me llevaron a dar mi reino por unos kilos menos y ahí empezó la montaña rusa de los kilos que, con los años, me llevaron a dar oscuros paseos por consultas médicas dignas de ser comparadas con el terrorífico laboratorio del mismísimo Doctor Moreau.
Era del tamaño de una aguja para insulina. Ese era el tamaño de la jeringuilla que utilizaba aquella doctora que respondía, si mal no recuerdo, al nombre de Magali -como mi madre, aunque el de mi madre se escribía con 'y'- mientras me daba un par de azotes en el glúteo para relajarlo y poder inyectar su solución milagrosa de, atención: suero placentario de conejo. En aquél entonces -tendría yo unos once o doce años- corría el rumor entre las madres varias que fulanadetál, hija de sutana había perdido x kilos tras haberse sometido a un tratamiento de cien jeringuillas de placenta de conejo -exagerando, claro. Mi madre, la pobre, desesperada acudió en rescate de mi cuerpo y hala, dejándose llevar cayó en la trampa que le limpiaba la cartera con cada jeringuilla milagrosa que prometía 'resultados asegurados'. Otro gran fracaso del lucrativo negocio de la pérdida de peso. Mis kilos aumentaban en vez de bajar.
Un par de años después, tras la muerte de mi madre -y no, no me hinché a comer porque estuviese deprimido por su muerte, que es lo que muchos piensan. Quienes me conocen saben que como como una persona cualquiera -salvo cuando sufro de mis atracones compulsivos, claro- pero mi debilidad son los dulces. Total, con catorce años mi padre es quien intenta continuar con la labor de rescate y acude a una nutricionista, LA NUTRICIONISTA recomendada por la hermana-de-la-vecina-que-se-había-sometido-a-cirugía-estética-con-ella-misma. Si mal no recuerdo se dedicaba a la cirugía y a la nutrición, un negocio rentable cuando me sugiere en privado que me someta a la cirugía estética para quitarme tejido mamario y reducir considerablemente mi pecho -¿y cómo iba a rellenar yo mis sujetadores/sostenes? (broma)
Mientras mi peso subía, la mujer me recetó aquellas famosas pastillas 'adelgazantes' cuyo nombre no recuerdo pero que habían sido prohibidas en EE.UU., Europa, Oceanía, Polo Norte, Cinturón de Asteroides e infinito y más allá. Vamos, una facultativa como Doña Rondón. Evidentemente, sólo fui a dos consultas y tanto por la lejanía de su consulta, como por lo dudoso de su método, no volvimos a verle el pelo nunca más. Lo que pasó a continuación fue...
No se pierdan la próxima entrega de ¿Cómo se hace un obeso? Parte III, donde hablaré de la nutricionista -o nutróloga como ponía su cartel en la puerta de la consulta- que pretendía hacerme bajar de peso comiendo mantequilla, galletas y algún que otro 'refresquillo' light. Mientras tanto, las despensas de la cocina eran desvalijadas por hordas barbáricas comandadas por mi cerebro hambriento y no había nada que la medicina tradicional pudiera hacer para impedirlo, por lo que fui hipnotizado.
Buenas noches.
H.
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