Todos hemos soñado alguna vez con encontrarnos con una lámpara, frotarla y que de ella saliese un ifrit (dícese 'genio') generoso para concedernos tres deseos: dinero, belleza y salud -bueno, este último la gente suele cambiarlo por 'muchas mujeres', 'pecho más grande', 'un pene más largo' o un simple 'que me quieran'. Lastimosamente, esas fantasías arábigas son solo parte de "Las mil y una noches" y "Aladino"; quien quiere dinero, ha de partirse el lomo trabajando; quien quiera belleza tiene en sus manos el poder de mejorarse a sí mismo, y la salud es algo personal. Concluyendo, salvo que encomiendes tus deseos al ser supremo de la religión que practiques -si lo haces- y creas en los milagros, nada pasará si no eres tú quien decida que pase. Y así me pasó a mí.
La base de todo el proceso es la motivación. Existen grupos de amigos que se someten a regímenes para poder perder peso todos a la vez, bien sea por solidaridad, búsqueda del bien personal o por competencia. Motivación grupal, dicen. A veces funciona, a veces no. En mi caso personal, la principal herramienta que hizo mella en mi cabeza fue Instagram. Entre mis seguidores y gente a la que sigo, hay muchos y muchas personas involucradas en el mundo del fitness, que han hecho de él su trabajo como yo la enseñanza de idiomas modernos. Fotos diarias, admiración, rechazo, "demasiado sacrificio", pensaba... Pero poco a poco fue cambiando mi perspectiva y ¡zas! Desperté. ¿Qué pasa? Lo primero es que tanto yo, como tú, apreciado lector, tenemos que pensar en que bajar de peso (o buscar el bienestar si jugamos con la semántica) NO va a pasar en dos días, ni en dos semanas. Si quieres perder veinte kilos en cinco días, pues hazlo y luego nos vemos en el funeral porque probablemente tus órganos sufran algún colapso tras tan abrupta pérdida. Hay que aceptar que es un proceso largo y que nos sentiremos bien y mal, y ¡cómo no! Querremos tirar la toalla.
No soy un gurú nutricional ni mucho menos. Hasta hace poco me comía una pizza familiar entera o desayunaba con croissants, pero he aprendido -gracias a que tengo buena boca- a reeducar mi alimentación y que, sobretodo, nunca es tarde para hacerlo. Mi abuela, una señora de ochenta y pocos años, obesa, ha perdido doce kilos y a pesar de que el daño a su espalda ya está hecho, tiene mucho mérito. Si ella pudo, ¿por qué yo no? ¿Por qué tú no? Si rompes la dieta tu cerebro te lo reprochará siempre (recuerden la entrada sobre el cerebro como arma de destrucción masiva) pero NO la abandones. Retómala en tu siguiente comida, vuelve al día siguiente. Yo mismo sentí las ganas de mandarlo todo a la porra, pero les recuerdo que desde que decidí a contar mi experiencia, estoy expuesto a la sociedad como un concursante de Gran Hermano -la comparación que hice días atrás tenía razón de ser- y no puedo permitirme fallar[me] ni fallar a aquellos que creen en mí, ni mucho menos a aquellos que se han subido a la montaña rusa conmigo.
Crean en sus poderes para cambiar, no en el balón gástrico de Corporación Dermoestética.
Cree en ti y no esperes a que el ifrit venga a darte el pescado hecho: aprende a pescar.
Concédete a ti mismo tres deseos: felicidad, grandeza y bienestar personal.
Un saludo a todos.
Gracias por su apoyo.
H.

Nada mejor que antes de dormir leer esto! Me motivas muchisimo en otras areas...gracias por compartir tu bella sabiduria!! IRE.