Bowen
2002-2003: El circo


¡El show más esperado de todos los tiempos! Le cirque!

Damas y caballeros, bienvenidos a lo que será la tercera entrega de ¿Cómo se hace un obeso? para la cual me he tomado la libertad creativa de presentarla como si de un espectáculo circense se tratase. Las voces de nutricionistas varios giraban a mi alrededor cual melodía de tiovivo macabro. Hasta ahora habia sido presa de experimentos con placenta de conejo, hamburguesas despanadas y un descontrol alimentario que cada día se multiplicaba más y más y más. Érase una vez en un sueño despierto...

Era muy guapa ella. Caminando con su bata blanca y su aire de respeto infundaba cierto temor, como la Bruja Blanca de "Las crónicas de Narnia". Me pesó. Me midió. Me pellizcó las lorzas para medir mi índice de masa corporal. "¡Oh, Dios mío!" exclamó. 

"Estás obeso", dijo. 
(Vaya descubrimiento, pensé)
"Tengo aquí en mi caja de sorpresas un tesorillo que te ayudará"

Y metiose la mano en el bolsillo, cogió un bolígrafo y empezó a rellenar un folio. Hacía minutos me había diagnosticado con obesidad y a nuestra amiga 'la nutróloga' -recuerdo su cartel en la puerta- no se le ocurre otra cosa si no que prescribir pan con mantequilla para el desayuno, algunas galletas para picar entre horas y de vez en cuando una Pepsi Light -debe haber firmado  un contrato de exclusividad porque especificó esa bebida y no cualquier otra bebida ligera. Se podrán imaginar cómo acabó todo... Los panes con mantequilla cobraron vida y me despojaron de mi dignidad. Las galletas me perseguían y cuando me enfrentaba a ellas, se hacían pequeñinas y caían en mi boca cual grano de arena de playa ventosa tinerfeña, dícese Las Teresitas, por ejemplo. ¡El show debe continuar y los kilos deben aumentar!

Mientras mi cintura abdominal crecía y desarrollaba un sistema gravitacional a su alrededor, otra fulanadetál recomendó a mi abuela un psicólogo famosísimo que era buenísimo en casos como el mío, osea, pérdida de peso. Subimos al coche y el viaje en la nueva montaña rusa comenzó. Poco a poco se acercaba el túnel y su voz aguda, afectada por la edad y por el tabaco, acompañada de una mala dicción -posiblemente un problema de lenguaje, una bata blanca ceñida que embuchaba su ya avejentado cuerpo y cuatro pelos mal peinados con gomina me dijo: "Pasha, pasha" (pasa, pasa).

Me miró a los ojos y me llevó a un cuarto oscuro. No, no es el cuarto oscuro de los bares de ambiente donde se practica sexo, aunque dicen los rumores que en ese cuarto tocó las partes de alguna paciente colándolo como un 'chequeo rutinario'. Me dio instrucciones de 'sostener' la pared con los ojos cerrados, empujando lo más que pudiese y que a la cuenta de tres... UNO... DOS... TRES... me dejaría caer en sus brazos y confiaría en él. Todo digno de las sectas religiosas fanáticas de EE.UU.

"Túmbate aquí y cierra los ojos"
"OK"
"Ahora vamos a hacer una regresión"
"¿Cómo?"
"Sí, volveremos atrás en el tiempo para descubrir por qué te gusta el dulce y así lograr que dejes de comer"
"¿Qué es exactamente lo que va a hacerme?"

¡HIPNOTIZARTE!

Me "hipnotizó", respondí a las preguntas que me hacía con las respuestas que él me decía, pretendí estar hipnotizado y mi abuela pagó una suculenta suma de dinero por un par de sesiones más de pseudo-hipnosis y escáneres cerebrales para diagnosticar que todo en mi cabeza estuviera en orden. Ni me hipnotizó, ni dejé de comer dulce, ni rebajé. Llegué a casa y me escondí en la habitación, lugar en el que me dispuse a engullir -porque no hay otro verbo- un par de barras de Snickers. 

El circo duró poco y las funciones fueron pobres. El público se decepcionó y empezó a abandonar.
Así estuve, abandonado -de mi parte, ¿eh?, no de nadie más- hasta unos años después cuando conocí al hombre de mi vida, al que haría que perdiese sesenta y cinco kilos en menos de diez meses y que logró que los recuperase en menos de seis. Ese no fue un hipnotizador ni un trilero, ¡ese fue un mago de la desaparición de la grasa corporal! Pero eso ya en la próxima entrega de ¿Cömo se hace un obeso? Por ahora, fijen su mirada en el punto negro de la imagen superior y quizás logren hipnotizarse a ustedes mismos, enfrentar sus miedos y salir victoriosos...

O mirarse al espejo y hacerlo ustedes mismos.

¡El circo ha cerrado sus puertas!

Buenas noches.

H.
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