Bowen
¿Qué pasaría si pudiéramos contar hasta tres y en un abrir y cerrar de ojos pudiéramos desaparecer todo aquello que problematiza nuestra existencia, así, cual acto de magia? Seríamos más felices, probablemente; pero, ¿y los retos dónde quedarían? ¿Dónde quedaría el tomar decisiones arriesgadas, a veces buenas, a veces malas? Dentro de nuestra cabeza nuestro cerebro musita y nos lleva a pensar que somos inmortales cuando desde que somos unos críos, la muerte acecha en todas sus formas y nos recuerda que el viaje por aquí es finito. Soñamos con comernos el  mundo y con ser magos, poder transportarnos de un lugar a otro en segundos -aplicando la ley del mínimo esfuerzo sin mover nuestra pesada retaguardia del confort del sofá-, pero la verdad es que la magia no existe: es una ilusión.

El catorce de febrero de 2014, mientras muchos de ustedes celebraban el Día de San Valentín con flores, cenas románticas y chocolates variopintos, yo desperté y tomé una decisión que fue producto -quizás- del cansancio mental al que he estado sometido los últimos siete años. Frases célebres como: "Yo cuando te veo no veo a una persona sino a un enfermo", "abrazarte me es imposible porque no me llegan los brazos a la espalda", "no te sientes ahí porque la silla no aguantará tu peso" o "¿De qué te vale cambiar tu look si no cambias lo demás?" fueron parte de un repertorio que más que alejarme del bienestar, me revolvían y me llevaban a ignorarlo todo mientras me comía -a gusto- una barra de chocolate Cadbury tamaño familiar. Sí, esa que venden en Hiperdino y que cuesta casi cinco euros, por lo que a fin de mes, se siente en el bolsillo. Esa mañana me desperté y dije: se acabó.

De mi salario, dispuse una cantidad de dinero considerable y cambié radicalmente los alimentos de mi nevera, congelador y despensa. Llené una bolsa de basura con aquello que provocaba que mi cintura abdominal se disparase hasta el punto de crear un sistema gravitatorio a su alrededor, como Peter Griffin en "Family Guy". Compré una pesa de las mejores y habiéndome despojado de la ropa holgada para disimular la figura me pesé: 150.7 kilogramos. Lo apunté en un folio blanco titulado "Control de peso" y lo puse en la puerta de la nevera con un imán. Los días de peso serían de semana en semana y hasta hoy -tan sólo dos semanas y cuatro días- sigue siendo así. Eliminé de mi dieta pastas, arroces, féculas y a mi compañero de viaje, el azúcar refinado. Adiós a Cadbury, quienes seguro sintieron mi partida al no comprarles más chocolatinas.

A día 1 de marzo, a las 8:32 a.m. mi peso era de 143.6 kilogramos. Rutinas de pesas a diario combinado con sesiones de cardio intensas más una alimentación sana -sin decirle a mi cerebro que estoy a dieta (nunca lo hagas porque te traicionará y te rendirás a la mínima)- me han llevado a perder 7,100 gramos de forma sorprendentemente rápida. Menos mal que mi cuerpo y mis músculos tienen memoria y se recuperan pronto. El bienestar total aún está lejos, por allá a mediados de un 2015 pero no tengo prisa, ya que con este tema nunca debe haber prisa. Yo no soy mago, ni soy ilusionista; soy simplemente un obeso mórbido diagnosticado con predisposición genética para la diabetes, la hipertensión, el cáncer y las aneurismas -un historial familiar de lujo. La magia para los magos y el esfuerzo para los mundanos.

Buen fin de semana.
Felices carnavales.
4 Responses
  1. Unknown Says:

    ¡Qué grande eres! Yo soy de las que sé cuan importante es tu decisión, lo que cuesta tomarla y lo gratificante que resulta; aunque no esté en mi mejor momento. .. ��


  2. Bowen Says:

    Gracias, guapa. Aquí empezamos, vamos a ver hasta donde nos lleva el viaje. xx


  3. Mayren Says:

    Super feliz de acompañarte en tu viaje Totty oh! ♥



Publicar un comentario

Únete en este viaje y comparte tu opinión. La motivación es la base de todo.